Corredor Humanitario

Los refugiados comenzaron una rutina diaria alejados de la guerra

Mikl, de 10 años estaba parado en una de las esquinas de la ciudad de la Punta, miraba de frente a un perro y le grita "fishhhh" para alejarlo.

La imagen, recurrente en San Luis, tejé una serie de particularidades. Mikl hacía algunos días estaba en una zona de conflicto en Siria y este lunes, él junto a otros once refugiados  se encontraban frente a la Plaza de los Niños,  comiendo una pizza, esperando que abra el supermercado (típicamente puntano) para iniciar sus primeras compras. No temían por las bombas o la guerra.

El lunes  minutos después de las 2 de la madrugada, las tres familias arribaron a San Luis  provenientes de las zonas de conflicto en Siria y partieron desde el aeropuerto hacia la ULP, donde se instalaron en lo que serán sus hogares. Aproximadamente a las tres de la tarde, una de las torres centrales de la residencia de la universidad provincial mutó su interior, había personas que hablaban árabe, castellano e inglés, se saludaban, acomodaban muebles y juguetes.

Allí, se daban indicaciones a los gritos y con gestos muy similares a los de cualquier familia argentina que mezcla en su sangre historias de inmigrantes.

En uno de los departamentos acomodaban sus cosas María de 34 años y George de 45. Sus hijos Fadi  de 7, Mikl y Jouni de 16, también compartían la tarea pero en menor medida.

Maya de 32 años y Joseph de 36, en otro de los departamentos, hacía dormir al pequeño Abelardo  de tan solo 6 meses y le pedían silencio a Housip de 8, su otro hijo.

Georgina de 33 años y Antoine  de 37, ponían los juguetes de Joudy  de 10 años en orden, en un tercer espacio.

 A las 16 recibieron la visita de un grupo de personas de la Sociedad Sirio Libanesa de San Luis.  Hubo abrazos y algunas mujeres que manejan el árabe armaron   improvisadas frases para poder conversar.

En el pasillo, Felipe, un periodista de Buenos Aires, compartía un cigarrillo con George. Daban opiniones del tabaco, de las marcas y las diferencias.  Ninguno hablaba un lenguaje en común pero se entendían.

Al medio de la charla, el sirio lanzó un reto para que los niños (dos de sus hijos y Housip) dejaran de jugar con el ascensor. Lo hizo en árabe, pero no quedaron dudas  que se trataba de un reto.

Susan Abdala, una de las siete mujeres de la Sociedad Sirio Libanesa de San Luis, intercambiaba teléfonos, pero hablaban todos juntos, compartían experiencias y sonreían.

Lana y Majb, la primera pareja de refugiados que arribó a San Luis, oficio de nexo, pasaban por todos los departamentos, conversaban y daban algunos consejos.

En un momento Antoine y Georgina, iniciaron una entrevista con la periodista que la agencia Associated Press (AP) envío a San Luis para hacer una exclusiva sobre los refugiados,  hablaban de todo.

Lana traducía del árabe al inglés. Contaron que para los chicos como su hija de 10 años, en Siria no tienen futuro y que debían evitar, sólo de la mano del azar, que una bomba pudiera acabar con ellos o con sus familias.

A Antoine, que era chofer en Siria, se le cerró la mirada y los ojos se les opacaron cuando comenzó a recordar a su familia. Hablaba en árabe pero el dolor tiene un traductor universal: las lágrimas.

Georgina también se quebró y dijo que "estaba inmensamente feliz por haber salido de esa guerra, pero que tenía una gran tristeza porque su familia estaba allá".

Los dos explicaron que no veían  como opción escapar hacia Europa porque temían que el mar los devorara. La entrevista se cerró. Antoine mostró en su celular una foto de la combi que manejaba, un vehículo de no más de 30 asientos, gris y antiguo.

A las 17 y algunos minutos, todos se pusieron de acuerdo para moverse algunos kilómetros hasta el centro de La Punta para comprar algunos sándwiches, ya que la mayoría no había almorzado.

Así fue que todos, de la mano del Comité de Refugiados, terminaron en una esquina, pidiendo pizza con gaseosas, otro elemento que a esta altura parece ser parte de un idioma universal.

Estuvieron un par de horas, Mikl corrió a un perro que lo molestaba. Su padre lo llamó para que se sentara a la mesa.

Comieron, luego fueron al supermercado ubicado en la otra esquina, compraron sus primeras provisiones y comenzaron a redondeare un día rutinario, pero lejos del miedo a las bombas.